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sábado, febrero 10, 2018

Los Huevos de Porcioles, un símbolo de un pasado demasiado presente

Los huevos de Porcioles
Si salimos de Barcelona por la Ronda de Dalt en dirección Besós, a parte de que, a según qué hora sea, nos vamos a comer una cola del copón, una vez pasemos el Hospital de la Vall d'Hebrón podremos ver la silueta del Velódromo de Horta recortándose sobre las estribaciones de Collserola. No obstante, desde 1967 y hasta 2002, esas mismas montañas estuvieron dominadas por un par de mastodónticos depósitos de gas que pusieron los pelos de punta a todos los vecinos del barrio de Horta y a los de media Ciudad Condal. Ahora, por suerte, son un recuerdo anecdótico, pero... ¿a cuento de qué se instalaron esas bombonas de gas? Si tiene un momentillo, le explicaré la historia de los llamados “Huevos de Porcioles”.

Franco y J.Mª Porcioles
Corría mediados del año 1967 cuando los habitantes del popular barrio de Horta descubrieron que prácticamente de la noche a la mañana, y a menos de 200 m de los edificios, en una de las colinas cercanas al vecindario habían crecido un par de gigantescos depósitos esféricos. El alcalde franquista del momento, José María de Porcioles, había hecho de las suyas y había otorgado permiso a Catalana de Gas para construir dichas bombonas, en una zona que, en principio, no estaba ni permitido construir.

Se permitieron burradas
Porcioles, conocido por su política de crecimiento urbanístico al precio que fuese, aún a costa de la propia ciudad (remontas inverosímiles en los edificios de l'Eixample, destrucción sistemático de Patrimonio, construcción de bloques de pisos a cascoporro...), se encontró con que la obsoleta red de gas ciudad, para adaptarse a la expansión urbana y a la introducción del gas natural, no tenía suficiente potencia. Ello hizo que Catalana de Gas necesitase tener unos depósitos de apoyo en la parte alta de la ciudad que ayudase a su distribución. El alcalde, dispuesto siempre a conceder lo que las grandes corporaciones solicitasen (no en vano era la 10ª fortuna de España -todo legal, faltaría más), dio los permisos pertinentes para que la compañía gasística levantase un par de depósitos de más de 30 metros de alto, construidos en chapa de 36 mm, para contener 100.000 m3 de gas cada uno. El terreno, todo sea el decirlo, no fue expropiado, sino comprado por Catalana de Gas -de lo que hubo por allí en medio mejor ni hablar.

El peligro de explosión inquietaba
Los vecinos de Horta, cuando vieron que les metían un par de bombonas gigantes, con el peligro  de explosión que ello comportaba, pusieron el grito en el cielo -de buenas maneras, claro, que la dictadura estaba bien viva (ver El triste fin de un puente Real). Aunque los que peor parte se llevaron fueron el colindante barrio del Font del Gos, una humilde barriada trabajadora, en buena parte de autoconstrucción, que empezó siendo legal hasta que el ayuntamiento decidió que allí no se podía construir, los cuales se encontraron con que ellos tenían que construir a escondidas (so pena de que les tirasen lo que se habían construido), mientras que los otros lo hacían a lo grande y con permiso del ayuntamiento. Las protestas del vecindario, como era tradicional, Porcioles se las pasó por el forro e impuso su criterio (ver La pútrida avalancha de Can Clos), por lo que la gente, con mucha sorna y más mala leche, bautizó a los depósitos como los “huevos de Porcioles”.

Av. Vall d'Hebrón (70's)
Pese a todo, los depósitos se mantuvieron en activo pintaditos de color verde para que se integrasen en el entorno (la prometida tarea de integración en el medio ambiente por parte de Catalana de Gas fue ímproba, como se puede comprobar) hasta 1986 cuando, con Maragall como alcalde, cesaron su actividad. Fue en ese momento en que pasó a propiedad del ayuntamiento y ¡oh, casualidad! el consistorio no reclamó el desmantelamiento a la empresa, por lo que tenía que hacerse a costa del erario público. Y como a los políticos siempre les da pereza gastar una millonada para no poderse poner medallas, los plazos se empezaron a alargar y a insinuar que “¿para qué los vamos a tirar, si ya son parte de la imagen de la ciudad?”. A lo sumo se permitió que el pintor Genís Cano pintara las bolas con algo parecido a ojos en 1987, aunque el resultado lo único que confirmó fue la necesidad de su eliminación.

Pintados aún eran más feos
Las formas para evitar el desembolso pasaron por fórmulas tan imaginativas como las de instalar en las antiguas bombonas un restaurante, unos servicios lúdicos o, incluso, una discoteca, cosa que pasada la fiebre de las mentes clarividentes que lo propusieron -y como era fácil de suponer- no llegó a cuajar. Ante la resignación de que aquello tenía que ir fuera, el 13 de marzo de 1992 empezaron los trabajos de desmontaje de los “Huevos de Porcioles”, si bien la cosa iba tan “acelerada” que no fue hasta el 2002 (¡10 años después!) cuando acabaron por desaparecer del skyline de la parte alta de la ciudad, dando paso a la construcción (subterránea, eso sí) de una de las cocheras de autobuses más grandes de la ciudad.

Antigua ubicación, hoy cochera
En definitiva, que la desaparición de los “Huevos de Porcioles” del perfil de Barcelona significó el fin simbólico de toda un época de desarrollismo, especulación urbanística y corrupción al más alto nivel que había destrozado la ciudad literalmente. Los nuevos aires de la época post-olímpica, auguraban que aquellos tiempos ya no volverían a este país pero, desgraciadamente, y como la historia de los mismos “huevos” deja patente, cuando la corrupción y las malas praxis se instalan en un territorio y en sus administradores, si no se hace limpieza a fondo y a conciencia, no hay forma humana de erradicarlas.

Los Huevos de Porcioles, un símbolo de una época

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1 comentario:

Javier García-Berro dijo...

Aún los recuerdo!!!

Quizás que me estoy haciendo viejo...