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jueves, febrero 15, 2018

Ola de frío de 1956, cuando Siberia invadió Europa... y se quedó

El puerto de Pollença en 1956
Últimamente, que parece que con el cambio climático nos estemos acostumbrando a ir en bermudas y camiseta hasta en pleno enero, no falta quien nos recuerde que los inviernos de antes...¡esos sí que eran inviernos y no los de ahora! Aunque, también se ha de decir que, en cuanto vienen unos días de frío, ya pensamos que lo del calentamiento global es una auténtica patraña; el ser humano es así de veleidoso, mira. La verdad es que más allá de la volátil memoria de las personas, el clima se rige por una serie de ciclos para los que la escala humana se queda excesivamente corta, y únicamente un estudio intensivo de datos científicos puede darnos alguna idea de por donde nos estamos moviendo. Tan solo así podemos llegar a entender porqué los pescadores sacan huesos de mamut en medio del Mar del Norte (ver Doggerland, la Atlántida del Mar del Norte) o bien porqué nos estamos quedando sin glaciares en el Pirineo (ver Glaciares pirenaicos, la lenta muerte de nuestros glaciares domésticos). Sin embargo, hubo un episodio climático reciente en que la memoria histórica no se equivoca cuando dice que hizo mucho frío. Mucho. Muchísimo. Y es que de tanto frío que hizo, hasta el Mediterráneo llegó a congelarse. Me refiero a la terrible ola de frío de febrero de 1956

29/1/56- Había sido un invierno suave
Que el invierno es para hacer frío, los que estamos por encima o por debajo del ecuador, lo sabemos bien. Días cortos, con temperaturas bajas es lo que marca el canon de la experiencia, y tal vez por ello, cuando nos encontramos con un invierno cálido, por muy bien que nos sintamos -siempre es agradable no pasar frío- algo nos dice que no va como debiera. Diciembre de 1955 y enero de 1956 fueron de éste palo y es que, que los agricultores de España y Francia fueran en mangas de camisa por el campo en pleno mes de enero, no era ni medio normal. No obstante, las cosas iban a dar un giro dramático totalmente inesperado.

La flora estaba adelantada
Efectivamente, durante aquel extraño invierno, el anticiclón de las Azores se había enseñoreado del Atlántico central, haciendo de barrera a todas las borrascas y frentes que venían del norte hacia Europa occidental. Esta situación produjo que el tiempo fuera estable y con temperaturas sostenidas extrañamente altas para la época, lo que propició que a finales de enero todas las plantas -y no sólo los almendros (ver ¿Porqué florecen los almendros tan temprano?)- empezasen a despertarse como si la primavera ya hubiera llegado.

1/2/56- Primera ola siberiana
Fue durante los últimos días de enero, que los anticiclones y las borrascas se movieron “estratégicamente” y, si bien por esta parte de Europa seguíamos con entradas de aire cálido, un potente anticiclón sobre Escandinavia y una potente borrasca sobre el Mar Negro se dedicaron a enviar aire frío de origen siberiano sobre Europa del Este. O lo que es lo mismo, que entre el 30 y el 31, la oleada de aire glacial comenzó a circular de este a oeste con temperaturas que, en Moscú llegaron a los -28ºC. Aquí no nos estábamos enterando de nada, pero con el cambio de mes, la cosa iba a cambiar radicalmente.

El frío y la nieve afectó toda Europa
Como todo siempre es susceptible de empeorar, la abuela parió en forma de una borrasca que, situándose sobre la vertical del golfo de Génova, permitió que el aire gélido que se colaba por los países del Este se viera insuflado hacia Europa occidental mezclado con aire húmedo del Mediterráneo. De esta forma, todos los países que habían estado los dos últimos meses con un invierno suave, a partir del día 1 de febrero recibieron de pleno el embate del hielo -que había dejado temperaturas por debajo de los -15ºC por toda Alemania- y, por si fuera poco, con nieve (sobre todo en Centroeuropa) y vientos huracanados, con puntas de 180 km/h. Toda la Costa Azul quedó bajo un inusual manto blanco.

Dato poco fiable, pero concluyente
Así las cosas, durante los días 1 al 5 de febrero, las temperaturas bajaron de una forma espectacular. En Francia, el día 2, las mínimas llegaron a entre -15ºC y -20ºC prácticamente en todo el país, y en Alemania, llegaron a bajar entre los -20 y -25. Todos los ríos centroeuropeos, por grandes que fueran, se llegaron a helar con un importante grosor de hielo. Las orillas del Atlántico se llegaron a helar en Holanda, Francia y Alemania. Incluso el Támesis se podía atravesar caminando.

3/2/56- Europa entera congelada
La invasión de aire frío, también se hizo notar duramente en España, sobre todo en el Pirineo catalán, donde se alcanzaron los -32ºC en el observatorio del Estany Gento el día de La Candelaria (2 de febrero), récord de temperatura mínima registrada en el Estado español y que aún no ha sido superada. Con todo, los diarios franceses informaron de que aquel mismo día se habían alcanzado los -50ºC en el lago de Marboré (Pirineo aragonés), dato de dudosa fiabilidad y que hubiera significado alcanzar temperaturas similares a las de la propia Siberia en pleno invierno (ver Oymyakon. Frío, no. Lo siguiente).

12/2/56- Segunda oleada glacial
A partir del día 5 de febrero, parecía que la climatología iba a dar una tregua, pero ni mucho menos.  El hecho de que la situación atmosférica se mantuviera estable (los anticiclones y las perturbaciones seguían estacionarios), hizo que no hubiera cambio de masas de aire, propiciando la entrada de una nueva oleada de aire siberiano entre el 10 y el 14, y una tercera entre el 15 y el 21 de febrero, llegando a afectar al Magreb (ver El espectáculo de la nieve en el Sahara). Esto significó que, helando sobre helado, las temperaturas se mantuvieran entre los -10º y -20º de mínimas y +5º y -10º de máximas en toda Europa durante 21 días, incluso en la misma línea de la costa, llegándose a helar el Mediterráneo en zonas entre la Costa Brava y el Rosellón y en la Costa Azul. Se comenta que los pescadores que navegaban por el Golfo de León se encontraron zonas en que se había formado banquisa (hielo marino). Ahí es nada.

Los resultados de semejante “barbarie” climática fueron catastróficos.

16/2/56- Tercera entrada seguida
El frío intenso sostenido en el tiempo heló toda el agua líquida que había en el continente, ya fueran cascadas, ríos, lagos, embalses o canalizaciones de agua, que estallaron por miles. Ello provocó una falta de agua que mató a millones de aves y fauna terrestre al no poder obtener nada que beber durante tres semanas. A pie de playa, los moluscos y los peces de costa morían por no estar acostumbrados a un mar helado. Pero no solo los animales, sino que las personas que vivían en la calle acababan por morir de congelación si no eran socorridas por el resto de la gente, algunos de los cuales se llegaban a meter en hornos de pan encendidos para intentar entrar en calor. Para las plantas, ya fue el acabose.

Acueducto de Figueres reventado
Al haber hecho un clima tan benigno las semanas anteriores a la ola glacial, el frío siberiano acabó con toda la agricultura de invierno y cogió a los árboles en pleno arranque primaveral. En esta situación, los árboles se encontraban llenos de savia, la cual se congeló, matando incluso a las especies autóctonas más adaptadas a su clima habitual, tales como castaños, avellanos, o hayas, los cuales crujían estrepitosamente bajo el peso de la nieve y la rotura de la madera por pura congelación.

Banquisa en Martigues (Costa Azul)
El summum del desastre se lo llevó la flora mediterránea, ya que, más acostumbrada a un clima benigno, no soportó los rigores glaciales. Las encinas y los pinos blancos se congelaron, y los olivos, muchos de ellos varias veces centenarios y capaces de aguantar hasta -15ºC murieron masivamente por el hielo. Valga como ejemplo que en la comarca del Empordà, el 62% de la superficie olivarera tuvo que arrancarse; de los cítricos, ya mejor ni hablar. Aunque, curiosamente, hubo un rincón de la Costa Azul francesa, en Menton (cerca de Mónaco), que quedó extrañamente a cubierto de la ola de frío, lo que permitió que los naranjos y limoneros que tenían allí se salvaran. Una auténtica lotería.

El río Loira, un río de hielo
Total, que la próxima vez que tenga frío y alguien le diga que los inviernos de antes sí que eran fuertes recuerde que, si bien es verdad que el clima tiene sus ciclos, el hombre, con toda su capacidad de modificar el ambiente, no es más que un pelele a manos del clima. La memoria es inexacta y engañosa, pero el planeta tiene una maquinaria compleja y potentísima que justo ahora empezamos a comprender; mejor que conservemos nuestro entorno con el máximo cariño y respeto, porque, si todo se alinea y despertamos a la fiera, acabará con nosotros con solo soplarnos...

Acuérdese de febrero de 1956.


Rocas a tocar del mar en Cadaqués (Costa Brava) congeladas


Webgrafía

sábado, febrero 10, 2018

Los Huevos de Porcioles, un símbolo de un pasado demasiado presente

Los huevos de Porcioles
Si salimos de Barcelona por la Ronda de Dalt en dirección Besós, a parte de que, a según qué hora sea, nos vamos a comer una cola del copón, una vez pasemos el Hospital de la Vall d'Hebrón podremos ver la silueta del Velódromo de Horta recortándose sobre las estribaciones de Collserola. No obstante, desde 1967 y hasta 2002, esas mismas montañas estuvieron dominadas por un par de mastodónticos depósitos de gas que pusieron los pelos de punta a todos los vecinos del barrio de Horta y a los de media Ciudad Condal. Ahora, por suerte, son un recuerdo anecdótico, pero... ¿a cuento de qué se instalaron esas bombonas de gas? Si tiene un momentillo, le explicaré la historia de los llamados “Huevos de Porcioles”.

Franco y J.Mª Porcioles
Corría mediados del año 1967 cuando los habitantes del popular barrio de Horta descubrieron que prácticamente de la noche a la mañana, y a menos de 200 m de los edificios, en una de las colinas cercanas al vecindario habían crecido un par de gigantescos depósitos esféricos. El alcalde franquista del momento, José María de Porcioles, había hecho de las suyas y había otorgado permiso a Catalana de Gas para construir dichas bombonas, en una zona que, en principio, no estaba ni permitido construir.

Se permitieron burradas
Porcioles, conocido por su política de crecimiento urbanístico al precio que fuese, aún a costa de la propia ciudad (remontas inverosímiles en los edificios de l'Eixample, destrucción sistemático de Patrimonio, construcción de bloques de pisos a cascoporro...), se encontró con que la obsoleta red de gas ciudad, para adaptarse a la expansión urbana y a la introducción del gas natural, no tenía suficiente potencia. Ello hizo que Catalana de Gas necesitase tener unos depósitos de apoyo en la parte alta de la ciudad que ayudase a su distribución. El alcalde, dispuesto siempre a conceder lo que las grandes corporaciones solicitasen (no en vano era la 10ª fortuna de España -todo legal, faltaría más), dio los permisos pertinentes para que la compañía gasística levantase un par de depósitos de más de 30 metros de alto, construidos en chapa de 36 mm, para contener 100.000 m3 de gas cada uno. El terreno, todo sea el decirlo, no fue expropiado, sino comprado por Catalana de Gas -de lo que hubo por allí en medio mejor ni hablar.

El peligro de explosión inquietaba
Los vecinos de Horta, cuando vieron que les metían un par de bombonas gigantes, con el peligro  de explosión que ello comportaba, pusieron el grito en el cielo -de buenas maneras, claro, que la dictadura estaba bien viva (ver El triste fin de un puente Real). Aunque los que peor parte se llevaron fueron el colindante barrio del Font del Gos, una humilde barriada trabajadora, en buena parte de autoconstrucción, que empezó siendo legal hasta que el ayuntamiento decidió que allí no se podía construir, los cuales se encontraron con que ellos tenían que construir a escondidas (so pena de que les tirasen lo que se habían construido), mientras que los otros lo hacían a lo grande y con permiso del ayuntamiento. Las protestas del vecindario, como era tradicional, Porcioles se las pasó por el forro e impuso su criterio (ver La pútrida avalancha de Can Clos), por lo que la gente, con mucha sorna y más mala leche, bautizó a los depósitos como los “huevos de Porcioles”.

Av. Vall d'Hebrón (70's)
Pese a todo, los depósitos se mantuvieron en activo pintaditos de color verde para que se integrasen en el entorno (la prometida tarea de integración en el medio ambiente por parte de Catalana de Gas fue ímproba, como se puede comprobar) hasta 1986 cuando, con Maragall como alcalde, cesaron su actividad. Fue en ese momento en que pasó a propiedad del ayuntamiento y ¡oh, casualidad! el consistorio no reclamó el desmantelamiento a la empresa, por lo que tenía que hacerse a costa del erario público. Y como a los políticos siempre les da pereza gastar una millonada para no poderse poner medallas, los plazos se empezaron a alargar y a insinuar que “¿para qué los vamos a tirar, si ya son parte de la imagen de la ciudad?”. A lo sumo se permitió que el pintor Genís Cano pintara las bolas con algo parecido a ojos en 1987, aunque el resultado lo único que confirmó fue la necesidad de su eliminación.

Pintados aún eran más feos
Las formas para evitar el desembolso pasaron por fórmulas tan imaginativas como las de instalar en las antiguas bombonas un restaurante, unos servicios lúdicos o, incluso, una discoteca, cosa que pasada la fiebre de las mentes clarividentes que lo propusieron -y como era fácil de suponer- no llegó a cuajar. Ante la resignación de que aquello tenía que ir fuera, el 13 de marzo de 1992 empezaron los trabajos de desmontaje de los “Huevos de Porcioles”, si bien la cosa iba tan “acelerada” que no fue hasta el 2002 (¡10 años después!) cuando acabaron por desaparecer del skyline de la parte alta de la ciudad, dando paso a la construcción (subterránea, eso sí) de una de las cocheras de autobuses más grandes de la ciudad.

Antigua ubicación, hoy cochera
En definitiva, que la desaparición de los “Huevos de Porcioles” del perfil de Barcelona significó el fin simbólico de toda un época de desarrollismo, especulación urbanística y corrupción al más alto nivel que había destrozado la ciudad literalmente. Los nuevos aires de la época post-olímpica, auguraban que aquellos tiempos ya no volverían a este país pero, desgraciadamente, y como la historia de los mismos “huevos” deja patente, cuando la corrupción y las malas praxis se instalan en un territorio y en sus administradores, si no se hace limpieza a fondo y a conciencia, no hay forma humana de erradicarlas.

Los Huevos de Porcioles, un símbolo de una época

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domingo, febrero 04, 2018

La Rafflesia o el nauseabundo atractivo de la flor más grande del mundo

Crece en la selva indonesia
Si alguien le dice que le quiere tanto que le regalará la flor más grande del mundo, no se espere una rosa del tamaño de un melón o un bonito clavel de un tamaño descomunal, no. Es más, desconfíe profundamente de las intenciones del interfecto que le ha hecho dicha proposición, porque las características de dicha flor, le aseguro que quitan el romanticismo hasta al mismísimo San Valentín.

Flor descomunal
Efectivamente, la flor más grande del mundo la proporciona la Rafflesia arnoldii, una rara especie de planta descubierta en 1818, parásita de árboles, que crece en las selvas húmedas que cubren las islas de Sumatra y Borneo. Ésta planta florece una vez cada varios años (ver La explosión de belleza de un desierto florido), y es que no todos los años una pequeña planta rastrera que prácticamente no tiene raíz, ni hojas, tiene fuerza suficiente para hacer crecer una flor de casi un metro de diámetro y hasta 11 kilos de peso. Descarte ponérsela en el ojal, consejo de amigo.

Raflessia abriéndose
El dechado de virtudes de la flor, no queda solo en su descomunal tamaño ya que, como toda flor por grande que sea, ésta tiene un fin concreto y determinado que es reproducir la especie. El caso es que normalmente, el resto de plantas -por raras que parezcan (ver La welwitschia, la planta extraterrestre... o casi)- se basan en la producción de zumos azucarados para atraer a los insectos, y en algunos casos, pequeñas aves, pero la Rafflesia tenía que ser especial incluso para esto, ya que la polinización la efectúan exclusivamente moscas -visto el tamaño de la flor, serán del tamaño de una vaca- y pueden creerme si les digo que las atrae a la perfección.

Vista desde dentro
La flor de la Rafflesia al estar tan especializada en atraer las moscas ha creado un perfume que las atrae a espuertas, y...¿qué mejor para atraer una mosca que un hediondo olor a carne podrida? El aroma de esta flor no es un regalo para los sentidos exactamente; eso sí, las moscas se lo pasan pipa.

Llega a tal grado de especialización la Rafflesia, que incluso la flor genera calor por sí misma, y según parece ello se debe a que la planta imita a un cuerpo animal en putrefacción, consiguiendo atraer de manera masiva las moscas que se encargan de su fertilización y posterior reproducción.
Su perfume es... embriagador

Por suerte, la vida de dicha flor es breve y dura escasamente una semana, y aunque no sea un delicado jazmín, no deja de ser una pequeña maravilla de la naturaleza que para los habitantes de la zona representa un talismán que representa fertilidad y longevidad. Por desgracia, la desaparición del hábitat en que vive por la acción humana, y la imposibilidad de hacer un cultivo artificial, ha provocado que la Rafflesia se encuentre en estos momentos en peligro de extinción.

Y es que, aunque no sea la más bonita, ni la que mejor huela, es compañera nuestra de viaje en esta nave azul que vaga por el espacio que es la Tierra, y merece todo nuestro respeto.

¡Como para hacer un ramito!
Art. Rev. 27/11/10 23.58 398v

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