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sábado, octubre 28, 2017

Fismes 1918, cuando el champán decantó una guerra mundial

Más allá de la tragedia que supone cualquier guerra, la realidad es que en todas ellas hay momentos que quedarán para la posteridad por lo ridículas o hilarantes que llegan a ser. Heroicidades, dramatismo, estrategias, tesón... en un conflicto bélico el ser humano se muestra en todo su esplendor tanto por arriba (1914. Cuando la Navidad paró una Guerra Mundial) como por abajo (Aztecas, sacrificios humanos y los salvadores conquistadores españoles), sin olvidarnos de cualquiera de sus pasos intermedios. Ello hace que, ante la presión y la necesidad, las personas actúen de formas muy raras, dando rienda suelta a sus bajos instintos aunque hagan llevarse las manos a la cara a propios y a extraños. Tal es el caso que ocurrió durante la Primera Guerra Mundial en el frente occidental cuando las tropas alemanas en avance toparon con un singular botín que acabó por marcar el destino final de la Gran Guerra.

Un inesperado aliado de las tropas francesas

Primavera de 1918. Si bien los rusos habían abandonado la Primera Guerra Mundial debido al éxito de la revolución bolchevique, liberando a Alemania de sostener el frente oriental, el desgaste de cuatro años de conflicto totalmente estéril había llevado al límite a todos los países en liza. La guerra de trincheras, que se había demostrado un simple matadero humano en medio de un barrizal inmenso (los cuerpos de 40.000 soldados británicos nunca aparecieron tragados por el fango), el bloqueo de los aliados y las revueltas sociales internas, hicieron que el general Erich Ludendorff -máximo poder en Alemania junto con Paul von Hindenburg y bajo el Kaiser Guillermo II-, ante la imposibilidad de aguantar mucho más, decidiera dar un golpe definitivo para romper el frente y decantar, finalmente, la guerra del lado alemán.

Paul von Hindenburg (izq) y Erich Ludendorff (der)

Así las cosas, el alto mando alemán decidió atacar con todas sus fuerzas (aprovechando los refuerzos provenientes del extinto frente oriental) unos kilómetros al sur de Ypres (Bélgica). La idea de Ludendorff era, atacando un punto débil entre las tropas francesas y británicas, conseguir un acceso al Canal de la Mancha y romper las lineas de abastecimiento de los Aliados. El avance se llevó a cabo, pero cuando estaban a 35 km de Dunkerque, toparon con los ingleses que consiguieron frenarlos.

Ante tal inconveniente Ludendorff, cabezón en seguir con la campaña, decidió enviar el grueso de sus tropas hacia el sureste para romper el frente en la región de Aisne y poder llegar a París. Objetivo que sería un golpe mortal para las agotadas y desmoralizadas tropas francesas.

Trinchera alemana en la región del Aisne

Así las cosas, el 27 mayo de 1918, Ludendorff lanza un ataque sorpresa contra posiciones francesas situadas entre Reims y Anizy que provoca que estos se retiren desordenadamente. De esta forma, los alemanes, en un solo día, son capaces de avanzar 15 km, controlando diversos puentes estratégicos. Están a tan solo 130 km de distancia de París, por lo que el objetivo, gracias al efecto sorpresa (habían conseguido mantenerlo en secreto hasta unas pocas horas antes de lanzar el ataque) aparece como alcanzable. Sin embargo, un combatiente inesperado se alió con los franceses: el champán.

Esquema del avance alemán durante mayo-junio de 1918

Los suministros alemanes, debido al bloqueo comercial al que eran sometidos por los aliados, era muy malo. Los soldados, mal alimentados, no dudaban en asaltar los pueblos que iban conquistando y llevarse de ellos toda la comida y bebida que en ellos encontraban. Aunque claro, cuando en llegando a Fismes se toparon con las cavas llenas de champán francés, la guerra, para aquellos maltrechos soldados alemanes pasó a ser una auténtica juerga flamenca.

Fismes, pequeña villa de unos 3.000 habitantes durante la guerra y distante poco más de 100 km al noreste de París, se halla en la histórica y vitivinícola provincia de Champagne, cuna del champán, por lo que sus campos se dedican desde el medievo al cultivo de la vid. Eso significaba que, siendo primavera avanzada en aquellos momentos, y a pesar de las infinitas dificultades de llevar las faenas del campo estando cerca del frente, cuando los alemanes llegaron las cavas tenían lista la nueva producción del año. Soldados desesperados y alcohol a libre disposición: follón asegurado (Caransebes, la batalla más idiota de la historia). Y así fue.

Viñedos en la región de la Champagne

El día 30 de mayo, el alto mando alemán recibe una notificación según la cual, resulta imposible el avance de las tropas a través de Fismes, debido a que el pueblo está lleno de soldados borrachos y botellas de champán por los suelos. Los soldados, habiendo descubierto las bodegas a rebosar de champán de la temporada, habían comenzado a beber como cosacos, agarrando una descomunal “turca” colectiva, a la cual se iban sumando los soldados que iban llegando. El avance, hasta ese momento imparable, de esta forma se vio frenado de golpe. A Ludendorff se le llevaban los mengues pero, dada la situación, no le quedó más remedio que esperar unas horas a que se les pasara la borrachera para seguir con el avance. Una espera forzosa que se determinó vital.

Fismes tras la segunda batalla del Marne

Efectivamente, ese pequeño parón por la cogorza que pillaron los soldados teutones, permitió que las tropas francesas en retirada se reagruparan y, con la ayuda de divisiones americanas, iniciasen diversos contraataques que acabaron por frenar el avance alemán. Ludendorff, debido al fracaso de la ofensiva (habían muerto 125.000 alemanes a 4 de junio), se ve obligado a cambiar la estrategia, moviendo de nuevo las zonas de ataque, obsesionado en conseguir una victoria decisiva que diera la vuelta a la tortilla pero que, a cada minuto que pasaba, le quedaba más lejos. Victoria que, de hecho, nunca llegó y que acabó por hacerlo dimitir del cargo en octubre de 1918, poco antes de la final de la guerra.

Tropas estadounidenses avanzando hacia Fismes

En definitiva que, por mucho que los grandes estrategas hagan encajes de bolillos para ganar una guerra, en cuanto que el factor humano ha de ser el factor clave para alcanzar sus objetivos, cualquier planificación se irá al traste más pronto que tarde. Y es que, agrade o no, el ser humano es ante todo humano... y con una botella de champán en la mano (o cava, al gusto) ya ni les cuento.

Que se lo pregunten a Ludendorff.

Una cava llena de botellas de champagne: la perdición de los soldados alemanes

Webgrafía

2 comentarios:

Pitt Tristán dijo...

Hacia tiempo que no leía un blog tan ocurrente y entretenido que inmediatamente recuerda a esas Historias de la Historia de Carlos Fisas.
Gracias por el entretenimiento que ayuda a conocer pequeñas historias, a veces trascendentales, y recordar Historia.
Saludos.
Te sigo.

Ireneu Castillo dijo...

Muchas gracias, Pitt. Todo un placer tenerte entre mis lectores. Recibe un afectuoso saludo. :-)