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sábado, octubre 28, 2017

Fismes 1918, cuando el champán decantó una guerra mundial

Más allá de la tragedia que supone cualquier guerra, la realidad es que en todas ellas hay momentos que quedarán para la posteridad por lo ridículas o hilarantes que llegan a ser. Heroicidades, dramatismo, estrategias, tesón... en un conflicto bélico el ser humano se muestra en todo su esplendor tanto por arriba (1914. Cuando la Navidad paró una Guerra Mundial) como por abajo (Aztecas, sacrificios humanos y los salvadores conquistadores españoles), sin olvidarnos de cualquiera de sus pasos intermedios. Ello hace que, ante la presión y la necesidad, las personas actúen de formas muy raras, dando rienda suelta a sus bajos instintos aunque hagan llevarse las manos a la cara a propios y a extraños. Tal es el caso que ocurrió durante la Primera Guerra Mundial en el frente occidental cuando las tropas alemanas en avance toparon con un singular botín que acabó por marcar el destino final de la Gran Guerra.

Un inesperado aliado de las tropas francesas

Primavera de 1918. Si bien los rusos habían abandonado la Primera Guerra Mundial debido al éxito de la revolución bolchevique, liberando a Alemania de sostener el frente oriental, el desgaste de cuatro años de conflicto totalmente estéril había llevado al límite a todos los países en liza. La guerra de trincheras, que se había demostrado un simple matadero humano en medio de un barrizal inmenso (los cuerpos de 40.000 soldados británicos nunca aparecieron tragados por el fango), el bloqueo de los aliados y las revueltas sociales internas, hicieron que el general Erich Ludendorff -máximo poder en Alemania junto con Paul von Hindenburg y bajo el Kaiser Guillermo II-, ante la imposibilidad de aguantar mucho más, decidiera dar un golpe definitivo para romper el frente y decantar, finalmente, la guerra del lado alemán.

Paul von Hindenburg (izq) y Erich Ludendorff (der)

Así las cosas, el alto mando alemán decidió atacar con todas sus fuerzas (aprovechando los refuerzos provenientes del extinto frente oriental) unos kilómetros al sur de Ypres (Bélgica). La idea de Ludendorff era, atacando un punto débil entre las tropas francesas y británicas, conseguir un acceso al Canal de la Mancha y romper las lineas de abastecimiento de los Aliados. El avance se llevó a cabo, pero cuando estaban a 35 km de Dunkerque, toparon con los ingleses que consiguieron frenarlos.

Ante tal inconveniente Ludendorff, cabezón en seguir con la campaña, decidió enviar el grueso de sus tropas hacia el sureste para romper el frente en la región de Aisne y poder llegar a París. Objetivo que sería un golpe mortal para las agotadas y desmoralizadas tropas francesas.

Trinchera alemana en la región del Aisne

Así las cosas, el 27 mayo de 1918, Ludendorff lanza un ataque sorpresa contra posiciones francesas situadas entre Reims y Anizy que provoca que estos se retiren desordenadamente. De esta forma, los alemanes, en un solo día, son capaces de avanzar 15 km, controlando diversos puentes estratégicos. Están a tan solo 130 km de distancia de París, por lo que el objetivo, gracias al efecto sorpresa (habían conseguido mantenerlo en secreto hasta unas pocas horas antes de lanzar el ataque) aparece como alcanzable. Sin embargo, un combatiente inesperado se alió con los franceses: el champán.

Esquema del avance alemán durante mayo-junio de 1918

Los suministros alemanes, debido al bloqueo comercial al que eran sometidos por los aliados, era muy malo. Los soldados, mal alimentados, no dudaban en asaltar los pueblos que iban conquistando y llevarse de ellos toda la comida y bebida que en ellos encontraban. Aunque claro, cuando en llegando a Fismes se toparon con las cavas llenas de champán francés, la guerra, para aquellos maltrechos soldados alemanes pasó a ser una auténtica juerga flamenca.

Fismes, pequeña villa de unos 3.000 habitantes durante la guerra y distante poco más de 100 km al noreste de París, se halla en la histórica y vitivinícola provincia de Champagne, cuna del champán, por lo que sus campos se dedican desde el medievo al cultivo de la vid. Eso significaba que, siendo primavera avanzada en aquellos momentos, y a pesar de las infinitas dificultades de llevar las faenas del campo estando cerca del frente, cuando los alemanes llegaron las cavas tenían lista la nueva producción del año. Soldados desesperados y alcohol a libre disposición: follón asegurado (Caransebes, la batalla más idiota de la historia). Y así fue.

Viñedos en la región de la Champagne

El día 30 de mayo, el alto mando alemán recibe una notificación según la cual, resulta imposible el avance de las tropas a través de Fismes, debido a que el pueblo está lleno de soldados borrachos y botellas de champán por los suelos. Los soldados, habiendo descubierto las bodegas a rebosar de champán de la temporada, habían comenzado a beber como cosacos, agarrando una descomunal “turca” colectiva, a la cual se iban sumando los soldados que iban llegando. El avance, hasta ese momento imparable, de esta forma se vio frenado de golpe. A Ludendorff se le llevaban los mengues pero, dada la situación, no le quedó más remedio que esperar unas horas a que se les pasara la borrachera para seguir con el avance. Una espera forzosa que se determinó vital.

Fismes tras la segunda batalla del Marne

Efectivamente, ese pequeño parón por la cogorza que pillaron los soldados teutones, permitió que las tropas francesas en retirada se reagruparan y, con la ayuda de divisiones americanas, iniciasen diversos contraataques que acabaron por frenar el avance alemán. Ludendorff, debido al fracaso de la ofensiva (habían muerto 125.000 alemanes a 4 de junio), se ve obligado a cambiar la estrategia, moviendo de nuevo las zonas de ataque, obsesionado en conseguir una victoria decisiva que diera la vuelta a la tortilla pero que, a cada minuto que pasaba, le quedaba más lejos. Victoria que, de hecho, nunca llegó y que acabó por hacerlo dimitir del cargo en octubre de 1918, poco antes de la final de la guerra.

Tropas estadounidenses avanzando hacia Fismes

En definitiva que, por mucho que los grandes estrategas hagan encajes de bolillos para ganar una guerra, en cuanto que el factor humano ha de ser el factor clave para alcanzar sus objetivos, cualquier planificación se irá al traste más pronto que tarde. Y es que, agrade o no, el ser humano es ante todo humano... y con una botella de champán en la mano (o cava, al gusto) ya ni les cuento.

Que se lo pregunten a Ludendorff.

Una cava llena de botellas de champagne: la perdición de los soldados alemanes

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sábado, octubre 21, 2017

La infalible dieta portuguesa de La Puerta de los Gordos

Problemas de sobrepeso
Usted, que estará leyendo estas líneas, seguro que en algún momento de su vida se ha encontrado con ropa que, con criterio propio, han decidido negarse a acoger aquellos kilitos de más que a base de torreznos y cervecitas ha puesto en su esbelto cuerpo. Coñas a parte, la obesidad (en cualquiera de sus grados) se ha convertido en una auténtica epidemia para las sociedades avanzadas, fruto, sobre todo, de la disposición casi pornográfica de comida que ha hecho que la gente comamos muchas veces más de lo que sería recomendable para nuestra salud. No obstante, y aunque sea fácil dejar de engordar (basta con dejar de comer), la realidad es que la gente no está muy por la labor de pasar más hambre que el perro del afilador para mantener a raya la talla de los pantalones (ver La Akkermansia, la deseada bacteria adelgazante), convirtiendo el asunto de adelgazar en un auténtico problema, sobre todo si perteneces a una orden religiosa en la que el comer más de la cuenta es un pecado capital. ¿Y cómo se controla entonces? Un monasterio encontró una solución sencilla y eficaz: La puerta de los gordos.

Fachada del monasterio de Alcobaça
En Alcobaça, una pequeña ciudad portuguesa a unos 90 km al norte de Lisboa, existe el Monasterio de Santa María de Alcobaça, una auténtica maravilla de la arquitectura religiosa destacable por ser el primer edificio gótico construido en todo Portugal. El monasterio, hoy en día Patrimonio Nacional portugués, fue construido entre el 1178 y 1240 por la orden del Císter a iniciativa del rey Alfonso I, como promesa de haber reconquistado Santarém a los moros. Bueno... él pretendía hacerlo en otro lugar, pero los ángeles por la noche le movieron los hitos que tenía puestos en Chiqueda (a unos 3 km) para señalar el sitio donde se tenía que construir y los llevaron a Alcobaça. Como él no era nadie para contradecir a los traviesillos querubines (¡qué casualidad!), pues allí que lo instaló.

Plano con la ubicación de la puerta
Sea como fuere, en 1223 el nuevo monasterio acogió a los primeros monjes, consagrándose su catedral en 1252 y convirtiéndose en el cenobio más importante del Císter en Portugal. Los avatares de la historia y de los terremotos hicieron que se fueran añadiendo estancias y restaurando edificios en diversos estilos (gótico, renacentista, barroco...) hasta la exclaustración de los monjes efectuada en 1834 como producto de la supresión de las órdenes religiosas. Convertido en museo, el monasterio es hoy en día visitable, destacando su iglesia gótica, sus claustros... y una extraña puerta en arco de medio punto, de doble hoja, de dos metros de alto y que tiene nada más que... ¡32 cm de ancho!. O lo que es lo mismo, que o se es un espárrago con patas u olvídese de entrar por esa puerta.

Monasterio de Sta. María de Alcobaça
Efectivamente, en el muro oeste del refectorio del Monasterio de Alcobaça (el comedor de los monjes, para que nos entendamos), nos encontramos con esta peculiar obertura en los muros de la estancia que no deja de llamar la atención. Pero... ¿para qué hacer una puerta de palmo y medio de ancho pudiéndola hacer todo lo grande que quisieran? La estricta regla de San Benito que seguía la orden del Císter parece que tendría la clave (ver El diminuto monasterio de El Palancar).

El comedor de los monjes
A pesar de que hoy en día esta micropuerta comunica con el pequeño claustro de Alfonso VI, se ve que en época medieval daba a la cocina del monasterio. Una cocina bastante pequeña, pero suficiente como para hacer las escuetas comidas que los monjes tomaban de cara a la pared, mientras escuchaban salmos y escrituras sagradas. El inconveniente venía en el momento de servirse, ya que eran los propios monjes los que, yendo a la cocina, tenían que llenarse ellos mismos los platos si querían comer. Comida caliente (sin carne, que la tenían prohibida) pero a libre disposición, significaba que, enviando a San Benito a hacer puñetas, más de uno se pondría hasta las botas.

Catedral gótica de Alcobaça
Los superiores, sabiendo que la carne es muy débil, decidieron limitar el ancho de la puerta de la cocina, de tal forma que si a alguien se le ocurría ir rellenando los “michelines” a base de comer más de la cuenta, en el momento en que no cupiese por la puerta iba a comer más bien poco. De esta manera se aseguraban que el sobrepeso no dificultara el trabajo físico que hacían los monjes, a la vez que hacían cumplir a la fuerza los preceptos cistercienses de ser mesurados con la comida. Una forma sencilla y eficaz de mantener la disciplina y la dieta a toda la congregación.

Más allá de la existencia de la puerta la realidad es que esta tesis no es más que una curiosa leyenda, ya que los especialistas no tienen ni idea de para qué se construyó dicha puerta.

Cocina moderna del monasterio
Si bien la primigenia cocina existió como tal, en el siglo XVII-XVIII (no se conoce la fecha concreta), coincidiendo con la bula que en 1666 dictó el papa Alejandro VII según la cual se permitía a los monjes comer carne tres veces por semana, la cocina se trasladó. Para tal efecto, se construyó al otro lado del refectorio una nueva cocina -que aún se conserva- con una chimenea espectacular capaz de cocinar un buey entero y dar de comer a 500 personas. Harto suficiente para atender a los aproximadamente 150 monjes que se tiene constancia que habitaban el monasterio a mediados del siglo XVIII. La antigua cocina medieval se derribó y se hizo un pequeño claustro con sus celdas, dejándose la estrecha puerta como acceso directo desde el refectorio. Pero... ¿cual habría sido su función real entonces?

La grande sería el verdadero acceso
Según los estudios, el acceso a la cocina medieval no se efectuaba por la “puerta de los gordos”, sino por una mucho más ancha que hay en la misma pared y que es de la misma época. Se especula que, en el momento de su construcción el refectorio daba directamente a la calle y que la pequeña puerta no comunicaba con la cocina sino directamente al exterior. De esta forma, la estrecha puerta habría servido, no para ir a la cocina, sino para dar de comer a los pobres que desde el exterior se acercaban al monasterio de Alcobaça a buscar un plato caliente, posiblemente para laminar el flujo de acceso desde el exterior. Una función bastante más prosaica que la atribuida por la leyenda.

Sea como sea, la “Puerta de los Gordos” (“A porta pega-gordo”, en portugués) se ha convertido en una de las grandes atracciones del Monasterio de Santa María de Alcobaça. Hoy, que vivimos en un mundo que ha pasado de la miseria a la opulencia en tres o cuatro generaciones y que tira la comida por toneladas, haríamos bien, en mirando la estrechísima puerta de Alcobaça, que recordásemos que, aunque nosotros tengamos problemas por el exceso de comida, hay muchísimos millones de personas a nuestro alrededor que serían capaces de pasar por esa puerta sin ningún problema.

Y no sería por estética.

La Puerta de los Gordos

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jueves, octubre 12, 2017

La estafa de los Barcos Negros, cuando la podredumbre de un gobierno no solo afecta la madera

Un navío y una fragata rusas
Que el poder es atractivo, lo sabe todo el mundo excepto a los que les toca ser presidente de su escalera, para los cuales más que una bendición es una maldición de la peor calaña. Esta atracción hace que todos los que están en la cúspide del poder se encuentren rodeados de una pléyade de truhanes, trepas, listillos y aprovechados que utilizan el sistema para vivir a cuenta del Estado, cuando no para llenarse los bolsillos a espuertas. En España, con más de 800 casos sub iúdice afectando al Partido Popular, se sabe bien de qué va el tema, y más si conocemos que la corrupción, en este país, ha sido forma de actuación reiterada en todas las épocas (ver El Duque de Lerma, la capital de España y su descarado pelotazo inmobiliario) y gobiernos (ver La corrupta historia de los coches llamados "Gracias Manolo"). Un ejemplo más de esta aparente (cuando no fehaciente) "cleptocracia" -gobierno de los ladrones- que envuelve el poder en España lo encontraremos a principios del siglo XIX, cuando la incompetencia galopante de Fernando VII y la picaresca parasitaria de sus adláteres clavaron la puntilla a la otrora potente armada española y ayudó a la pérdida de las colonias españolas de América: la estafa de los Barcos Negros.

Fernando VII, el rey felón
Después de la Guerra de la Independencia, la situación social y política de España y sus colonias era poco menos que calamitosa. Las colonias americanas, forzadas a organizarse autónomamente debido al desgobierno producido por la invasión francesa y el "secuestro" -por decir algo-  de Fernando VII (ver ¡Muera la libertad!... y no era una broma), estaban en pleno proceso de secesión, cosa que no era del gusto ni de la corona, ni de sus responsables militares, los cuales no daban abasto a controlar tanta "ilegalidad". Y una parte importante de esta limitación venía dada por el ruinoso estado de la Armada Española, la cual, por falta de inversión y mantenimiento, había pasado de 42 buques en buen estado en 1808 a 16 en 1815, de los cuales tan solo 4 eran útiles. Si a eso añadimos que los marineros no cobraban desde hacía 33 meses y que los arsenales estaban vacíos, el panorama naval español de entonces hacía aguas por todas partes. Nunca mejor dicho.

Antonio Ugarte, ex- esportillero
En esta situación, el traslado de tropas desde la península hacia América era prácticamente imposible, por lo que, en 1817, se encargó al Jefe de Escuadra e Ingeniero Naval Honorato de Bouyon la compra de diversos barcos a Francia. Negociador hábil, Bouyon consiguió comprar a buen precio 3 corbetas de 24 cañones, 1 goleta de 10 y un bergantín-goleta de 16 con los cuales empezar a transportar tropas hacia la Argentina. El presupuesto final, bastante ajustado para lo comprado, ascendió a 12.315.000 reales de vellón, sin embargo no eran suficientes barcos y se necesitaban comprar más... y a la corte de Fernando VII, al ver tanto real junto se le hicieron los ojos chiribitas.

Dimitry P. Tatischeff
El conocido como "rey felón" tenía una pandilla de asesores tanto o más felones que él, entre los que destacaban su secretario Antonio  Ugarte (que había sido esportillero), Pedro Collado "Chamorro" (ex aguador que se corría las juergas de cuatro en cuatro con Fernando VII) y, sobre todo, Dimitry Pavlovich Tatischeff (diplomático ruso en España y compadre de parrandas del rey) el cual consiguió convencer a Fernando VII para que, a espaldas de los militares españoles, hiciese un pedido de barcos al zar Alejandro I. La excusa fue el interés estratégico de unir lazos con Rusia, para lo cual, el encargo de 5 navíos de 74 cañones y 3 fragatas de 44 cañones por 68 millones de reales de vellón era inmejorable. Definitivamente, Rajoy no se ha inventado nada con los F-35 comprados a Trump.

Puerto de Reval (Actual Tallinn)
La compraventa, firmada secretamente con los rusos mediante el Tratado de Madrid el 11 de agosto de 1817, observaba que España pagaría una entrada de 400.000 libras (39.360.000 reales) en dos plazos, mientras que el resto hasta los 68 millones presupuestados tendría que ser pagado antes del 1 de marzo de 1818. España, que estaba más arruinada que Don Pepito, tenía que cobrar de Gran Bretaña 400.000 libras en concepto de indemnización por abandonar el esclavismo, cantidad que utilizaría para abonar la entrada. Los rusos, diligentes ellos, prepararon los barcos encargados y el 27 de septiembre salían del puerto de Reval (actual Tallin, capital de Estonia) rumbo a Cádiz. Pero algo se torció.

El zar Alejandro I de Rusia
Después de pasar por Copenhague el 25 de octubre, los barcos arribaron a Deal (Inglaterra) el 10 de diciembre de 1817 y, tras algunas reparaciones (al menos oficialmente), encararon hacia Portsmouth (Inglaterra), donde debido a los vientos en contra (otra vez oficialmente) se mantuvieron en el puerto hasta el 6 de febrero de 1818 cuando finalmente zarparon hacia Cádiz donde tendrían que llegar el 21 de febrero. Nada más y nada menos que 146 días después de salir de Reval, cuando el mismo viaje se solía hacer en 55 días. ¿Qué había pasado para que la comitiva tardase más que parto burra en llegar a su destino? Cuando llegaron a Cádiz y, tras un primer susto al ver los cascos negros de los barcos rusos sin haber sido avisados de su llegada, pudieron revisarlos, entendieron el porqué de su retraso.

Plano de Cádiz (S.XVIII)
Cuando los técnicos que tenían que dar el visto bueno a la compra inspeccionaron los barcos, vieron que buena parte de las maderas estaban muy mal conservadas y dañadas por podreduras, hasta el punto que de los 8 navíos llegados tan solo se dio por bueno 1. Los barcos, que no eran nuevos, sino de segunda mano y construidos entre 1813 y 1814, habían sido construidos al estilo ruso, es decir, con maderas de baja calidad (pino o abedul) aptas para navegar por las aguas frías del Báltico en trayectos cortos pero no para largas travesías oceánicas por aguas cálidas, como eran los construidos en roble por los astilleros españoles (ver La Corbeta Narváez, el barco español que se comieron las termitas). Lo único que se salvaba eran los cañones, que eran buenos.

Madera afectada por termitas
Ante tal espectáculo, le tocó bailar con la más fea al Ministro de Marina, José Vázquez de Figueroa, o lo que es lo mismo, entregar al rey el informe de la comisión evaluadora. Un informe que decía, aún con buenas palabras, que aquello era un "ñordo" gordo. Ugarte, Chamorro y Tatischeff, enterados del entuerto, y para quitarse el muerto de encima, comieron la oreja a Fernando VII y le hicieron creer que el Ministro de Marina y la comisión estaban conspirando contra la buena imagen del monarca, por lo que, cuando recibió el informe de manos de Vázquez de Figueroa, montó en cólera y, muy ecuánime y ponderado él, destituyó fulminantemente a todos ellos. 

Fechas de independencia
Tras reclamar al zar, Alejandro I accedió a enviar 3 fragatas en compensación, las cuales llegaron exactamente en el mismo lamentable estado a Cádiz el día 12 de octubre de 1818.

Total, que de los 11 barcos enviados por los rusos, tan solo un par de ellos llegaron a navegar tras carísimas reparaciones, siendo todos desguazados entre 1820 y 1823, muchos de ellos sin ni tan solo salir del puerto adonde habían arribado. Los pagos se retrasaron hasta el punto que se dejó por pagar el 40% de los 68 millones presupuestados, de los cuales desaparecieron 200.000 libras (19.680.000 reales de vellón) que se suponen se repartieron, en concepto de comisiones por los servicios "prestados", Tatischeff y el resto de chupópteros de la corte de Fernando VII. Una corrupción al más alto nivel que, más allá del perjuicio económico a las depauperadas arcas españolas, significó el fin definitivo de la otrora potente Armada Española y la imposibilidad de utilizarla para tratar de extinguir el fuego independentista de las colonias americanas.

La Historia pone ejemplos. Depende de nosotros aprender (o no) de ella.


Una podredura que no solo afectó a la madera

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jueves, octubre 05, 2017

Pseudomona syringae, la bacteria capaz de hacer llover

Pseudomona syringae en una hoja
Cuando observamos la naturaleza con un poco de calma y detenimiento (por ejemplo durante las vacaciones), no deja de sorprendernos la cantidad de seres vivos que interactúan entre si y como llegan a crear unas relaciones totalmente increíbles... sobre todo si nos toman por el alfiletero de un sastre (ver Una solución al mosquito tigre). Los científicos, cotillas profesionales como son, con el pasar de los años de observación de la naturaleza, han descubierto que la relación entre los seres vivos y el planeta puede llegar a ser tan brutal que el mundo que nos rodea no sería el mismo si todos esos seres no hubieran existido (ver Cuando el hombre y los pedos de mamut produjeron una glaciación: el Dryas Reciente). No obstante, a cada día que pasa, los investigadores hallan nuevas interacciones aún más sorprendentes y vitales para la vida en el planeta. Tal es el caso de la bacteria Pseudomona syringae, la cual podría tener un papel clave en el funcionamiento de algo que nunca relacionaríamos con un microorganismo: con provocar lluvias.

Daños de Pseudomonas syringae
Que la relación entre la biosfera y la atmósfera era más íntima que la de la gente en un vagón de metro en hora punta, es algo que se conoce desde hace mucho tiempo (ver El insólito fertilizante del Amazonas llamado polvo del Sahara). Sin embargo, lo que no se sospechaba ni remotamente era que había bacterias que eran capaces de hacer llover y utilizar la lluvia para dispersarse por el ambiente para, de esta forma, poder llegar a zonas donde no llegarían yendo por la tierra. Un sistema de transporte ciertamente peculiar.

Aprovechan la caída de gotas
Los investigadores, mientras que estudiaban los efectos de las heladas sobre las plantas de cultivo, vieron que algunas bacterias del género Pseudomona, bien conocidas por crear manchas en la superficie de las plantas, tenían la capacidad de hacer subir la temperatura de congelamiento del agua. Ello significaba que, en vez de congelarse a 0 grados, se congelaba por encima de este nivel hasta los +1.8º, gracias a la interacción con una proteína específica que estas bacterias con forma de croqueta con cola tienen en su superficie, y que les permite ordenar las moléculas de agua de tal forma que favorecen la creación de hielo. ¿Y para qué esta facultad? Pues para comerse las plantas. Sencillo.

Ayudan a que escarche antes
Efectivamente, la Pseudomona syringae, especie de gran virulencia infecciosa que afecta a tomates, remolachas y diferentes cereales, aprovecha su capacidad de hacer cristalizar el agua por encima de 0º para hacer daños sobre la superficie de las hojas aún antes de producirse la helada, y así poder infectar la planta. Lo más gracioso es que, para distribuirse por el ambiente, esta bacteria aprovecha los aerosoles (digamos las microgotitas) que se forman cuando choca una gota de lluvia contra el suelo para "montarse" en ellas y dejarse llevar por el viento hasta zonas muy alejadas. Pero no acaba aquí la interacción con la lluvia.

Bacilos viajeros
El microorganismo, de esta forma, al estar volando dentro de una microgota de agua, tiene la capacidad de congelar el agua a su alrededor, creando un núcleo de hielo a partir del cual se genera o bien una gota de lluvia (en caso de temperaturas relativamente altas) o un núcleo de granizo (con temperaturas bajas y corrientes de aire fuertes), con los cuales desplazarse y colonizar nuevos territorios.

La lluvia como forma de transporte
Así las cosas, la presencia de Pseudomona syringae en la atmósfera estaría directamente implicada en la producción de lluvia y de granizo en numerosas partes del mundo, ya que actuarían como núcleos de concentración de humedad permitiendo una precipitación que, de otra manera, no se habría producido. No en vano, se han encontrado en grandes cantidades en el núcleo del granizo, mientras que prácticamente no hay en su superficie.

Crean los nódulos de la piedra
Total, que por mucho que nos creamos que conocemos al dedillo todo el mundo que nos rodea y que somos los "putos amos" de la Creación, jugando con nuestro medio ambiente como nos sale de los mondongos, la verdad es que es mucho más lo que ignoramos que lo que conocemos de él. Un desconocimiento que, fruto de la soberbia y falta de humildad humana, puede llevarnos a generar un "efecto mariposa" tal que, en vez de ser los beneficiados, seamos los principales afectados.

Y es que la ignorancia, siempre, siempre, es atrevida.

Demasiado.

Pseudomona syringae, una bacteria capaz de hacer llover

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