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lunes, septiembre 25, 2017

La macabra innovación española de bombardear con gases asfixiantes la población civil

Efectos del gas mostaza
Cuando acabó la Primera Guerra Mundial (ver Henry Gunther, el último muerto de la 1ª Guerra Mundial), una de las primeras cosas que hicieron los Aliados fue prohibirle a los alemanes el uso, la fabricación y la importación de gases tóxicos que fueran susceptibles de ser usados en una guerra, tal fue el terror que produjo el uso indiscriminado de este tipo de armas en el frente. La firma del Tratado de Versalles en 1919 lo ratificó y lo llevó a cabo, pero si de algo sirven las guerras es para ser un perfecto escaparate donde mostrar en acción los últimos "avances" en el matarile colectivo, y unas de las armas más vistosas fueron el Gas Mostaza y sus derivados. El rey Alfonso XIII, aficionado a las armas hasta las trancas (los ciervos y los linces de Doñana aún se acuerdan de sus batidas) creyó que los gases tóxicos serian perfectos para controlar el molesto grano en el culo del "glorioso" Ejército Español en que se había convertido el conflicto del Rif, por lo que dio orden para comprarlas... y usarlas. El único inconveniente es que, a partir de entonces, España obtuvo el dudoso honor de ser el primer país del mundo en utilizar gases asfixiantes sobre población civil. Cosas veredes.

Desastre de Annual
1921 fue un mal año para los militares españoles que ocupaban el siempre problemático norte de Marruecos, el conocido como Rif (ver La trágica semana en que las momias bailaron con los obreros). Esta zona, desértica y pobre con avaricia era una de las pocas zonas del África que las potencias europeas, a modo de limosna por la antigua gloria, habían dejado que España controlara, eso sí, con la supervisión de Francia. Y es que las fuerzas irregulares del jefe rifeño Abd el-Krim habían dado hasta en el velo del paladar a las fuerzas de los generales Berenguer, Navarro y Silvestre, provocando una auténtica masacre con más de 13.000 soldados muertos. El desastre, conocido como el Desastre de Annual y propiciado por la secular chapucería militar española (ver La US Navy, la Armada y la bochornosa buena puntería española), fue de tal calibre, que produjo un terremoto político en Madrid que llevó a la caída del gobierno de Allendesalazar, su cambio por Maura y a unas ganas terribles de venganza por parte del Ejército debido a la humillación sufrida.

Abd El-Krim
Así las cosas, el gobierno español contactó con el encargado de destruir el armamento químico alemán y antiguo jefe del Servicio Alemán de Guerra Química, el químico Hugo Stoltzenberg, el cual, por un lado oficialmente destruía el armamento para los aliados, pero, por detrás, se dedicaba a venderlo en el mercado negro y a fabricarlo de forma igualmente clandestina. De esta forma, el Ejército Español consiguió las primeras bombas de gas mostaza, las cuales se montaron en aviones y se empezaron a lanzar sobre los puntos de agua y sobre las zonas más pobladas del Rif a las horas de más afluencia de gente. O lo que es lo mismo, por la mañana y en los zocos abarrotados de gente. Los trágicos efectos son fáciles de imaginar.

Generales Berenguer y Silvestre
Tanto gustó el inventito y tanta cantidad se necesitaba, que el propio Stoltzenberg, a propuesta del gobierno español, montó en 1923 una fábrica para desarrollar este tipo de armamento en España, más concretamente en La Marañosa (Madrid). En esta situación, la producción de gas tóxico se llevaba hasta Melilla, donde se montaban las bombas y desde donde se procedió al bombardeo masivo de las cabilas rifeñas. Bombardeo que se llevaba con el máximo secretismo posible. Por un lado, por estar este tipo de armamento prohibido a nivel internacional y por otra por la supuesta imposibilidad de fabricación de los gases por los alemanes, lo cual hubiera dejado con el culo al aire el trabajo en el mercado negro de su principal suministrador, Stoltzenberg.

Breguet XIV
La campaña de envenenamiento sistemático de los indígenas norteafricanos (ver La belleza escandinava de los bereberes de ojos azules) se extendió desde 1922 hasta 1927 -momento en el que Abd el-Krim, se rindió y acabó la guerra- durante los cuales, con más de 500 aviones conducidos la mayoría de veces por pilotos extranjeros mercenarios, se llegaron a lanzar 470 toneladas de productos químicos asfixiantes. Valga como ejemplo de la virulencia de su uso que tan solo entre el 22 y el 23 de junio de 1924 se lanzaron 10 toneladas de gas. Nada lo del ojo, y lo tenía en la mano. 

Protectorado español de Marruecos
El uso de estas armas y sus funestas consecuencias medioambientales fue ocultado por todas las partes (los españoles y los franceses por razones obvias y Marruecos porque los rifeños se habían revuelto contra el Sultán fundando un breve estado independiente) y tan sólo unas pocas referencias han quedado como testimonio histórico. No en vano, en la actualidad, el Rif es la zona con mayor impacto de cáncer de todo Marruecos y la zona de la que proceden la mitad de los niños afectados de cáncer infantil de todo el país. 

En definitiva, en estos tiempos convulsos en que la cordura ha desaparecido de un plumazo y parece que a nadie le importe, el recordar este ignominioso pasaje de la Historia nos tendría que hacer pensar que las guerras no sirven absolutamente para nada y que, gane quien gane, pierda quien pierda, siempre hay alguien que pierde: la Humanidad.


Bombardeos españoles del Rif con armas químicas (1924)

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sábado, agosto 19, 2017

Atentados de Barcelona: la encomiable e histórica normalidad de los barceloneses

Homenaje a las víctimas
Medio recuperados emocionalmente de los recientes atentados de Barcelona y Cambrils, una de las cosas que más ha sorprendido a la opinión pública mundial ha sido ver la reacción que la población barcelonesa ha tenido tras el atentado. El grito generalizado de "No tinc por" (no tengo miedo), por más que a más de uno aún le temblasen las piernas, y la imagen de normalidad de Las Ramblas llenas de gente a las pocas horas del incidente, ha sido una auténtica lección a nivel internacional de la ciudadanía barcelonesa contra el terrorismo. Tal vez ello pueda haber sorprendido a muchos, pero Barcelona tiene una larga historia y esa mezcla extraña entre flema, orgullo y "rebote" no es la primera vez que se muestra. Justamente tras la caída del Sitio de Barcelona el 11 de septiembre de 1714 pasó una cosa muy similar.

Sitio de Barcelona de 1714
Estamos en plena Guerra de Sucesión, y tras la firma de los Tratados de Utrecht en 1713 por los austriacos e ingleses (ver El Tratado de Utrecht o cuando la Historia pasó por Hospitalet), éstos dejan más solos que la una a los catalanes contra las tropas castellano-francesas de Felipe V. Los catalanes, en vista de la zarabanda de palos que barruntan que se les viene encima, deciden cerrarse en banda y aguantar el sitio a Barcelona al precio que fuese. La táctica les funciona desde el 25 de julio de 1713 hasta septiembre de 1714, pero tras fallar todos los intentos antiborbónicos de dar la vuelta a la tortilla, los peores augurios se hacen realidad: el 11 de septiembre de 1714 los defensores barceloneses se rinden.

Asalto final del Sitio de 1714
Barcelona, en aquellos momentos se encuentra absolutamente destrozada. Tras 14 meses de asedio, los sucesivos bombardeos de las tropas felipistas han derribado completamente un tercio de las casas de la ciudad y otro tercio resulta con graves daños. El coronel de la Coronela (la milicia catalana que defiende Barcelona), Rafael de Casanova, ha sido herido y para evitar una masacre aún mayor -más de 6.000 barceloneses han muerto durante el asedio-, se decide la entrega de las llaves de la ciudad, cosa que hace el sargento mayor Félix Monjo en la tarde del día 12. 

Las bulliciosas Ramblas de siempre
Así las cosas, durante la mañana del día 13 las tropas francesas entran en orden en Barcelona y el espectáculo que recibe a los vencedores les sorprende. Los barceloneses, vencidos y agotados hicieron correr la voz de volver a la normalidad de la vida habitual como si nada hubiera pasado, en un último estertor de orgullo y dignidad. Una normalidad imposible, habida cuenta lo pasado, pero que era preciso alcanzar cuanto antes: quien aún tenía taller, lo abrió; quien aún tenía tienda la abrió (aunque no tuviera nada que vender) y quien aún mantenía su trabajo, fue a él. La posguerra sería durísima para todos (ver Nova Barcelona, el exilio de los vencidos el 11 de septiembre de 1714), pero solo cabía seguir y salir adelante. Talmente como ahora.

Barcelona es mucha Barcelona
Aquellos barceloneses del siglo XVIII fueron derrotados, pero lo más importante tras la derrota es levantarse de nuevo... y ellos lo hicieron. De esta forma, tras los atentados yihadistas que se han llevado por delante a 14 personas y heridas a más de 100 en el batiente corazón de Las Ramblas, la única respuesta posible es seguir y salir adelante. Hacer balance, aprender de los errores y continuar con una normalidad que, aunque parezca ser imposible, es la mejor forma de levantarse, sacudirse el polvo y decir alto y claro a los terroristas que, Barcelona es mucha Barcelona... y no tenemos miedo.

No tenim por.
No tinc por - No tengo miedo - Je n'ai pas peur - I'm not afraid

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jueves, agosto 03, 2017

Bell Rock, el faro en medio del Mar del Norte

El faro de Bell Rock
Los faros marítimos, por bien que hoy en día han perdido mucha de su importancia vital para la navegación en beneficio de los modernos GPS, es una de aquellas infraestructuras que llaman poderosamente la atención. Su tarea de marcar con luces visibles en la distancia la linea de la costa o los escollos peligrosos para los barcos, ha sido durante siglos un seguro de vida para la marinería. Sus beneficios son indudables (ver El Faro de Buda o la crónica de la muerte de un delta), pero para que sean eficaces, los faros han de estar en zonas de difícil acceso de la costa o incluso dentro del mar mismo, por lo que la construcción y mantenimiento de un faro tiene un componente épico muy importante. Y para épica inconmensurable, hay uno que se lleva la palma: Bell Rock, el faro en medio del mar del Norte.

Un arrecife muy traidor
El Mar del Norte, debido a su peculiar batimetría y origen geológico (ver Doggerland, la Atlántida del Mar del Norte), ha sido desde antiguo un mar difícil y peligroso. Su ubicación en el Océano Atlántico Norte, limitado pero abierto, embravecido y con sus inesperados bajíos, ha sido el temor de los navegantes desde que al ser humano se le ocurrió coger una cáscara de nuez y navegar por aquellas aguas de Dios. Si a eso sumamos una costa recortada y llena de escollos como la costa escocesa, entenderemos por qué, después de que cada año naufragasen un mínimo de 6 barcos y de que una tormenta sola fuera capaz de enviar a pique no menos de 70 embarcaciones, en 1806 el parlamento británico diera permiso para la construcción de un faro a 18 km mar adentro de la costa de Arbroath, en el arrecife de Inchcap, más conocido por Bell Rock (Roca de la Campana).

Proceso de construcción
La construcción no estuvo exenta de complicaciones. De hecho, el arrecife estaba en medio del camino al fiordo que da acceso al puerto de Dundee, y estaba puesto con tanta mala leche que, en la marea más baja solo sobresale 1,5 metros sobre el nivel del mar y en marea alta se halla a 3,5 metros de profundidad. Una auténtica trampa que hacía embarrancar a cualquier barco a poco que no fuera con cuidado. El encargado de construir el faro sería el ingeniero John Rennie, el cual dirigiría los trabajos de construcción del faro diseñado y propuesto por el joven ingeniero Robert Stevenson (abuelo del autor de “La isla del Tesoro”).

Aguantando desde hace 2 siglos
Stevenson, que fue el encargado directo de la obra (Rennie, que aunque pasó por allí dos días y punto, tuvo una pelotera con Stevenson por la atribución de la construcción del faro) se encontró con todas las dificultades derivadas de poder trabajar en seco sólo en verano y un par de horas al día como mucho. Ello hizo que los obreros -unos 110 hombres- tuvieran que estar viviendo en un barco a 400 metros de Bell Rock y cada día remaran hasta el escollo para llevar el material con el cual construir un palafito (una casa sobre el agua, vaya) en el cual refugiarse cuando subiera el mar y permitiera trabajar a los canteros y los herreros. Esta construcción les llevó prácticamente toda la temporada de 1807.

Esquema de la primera hilera
En mayo siguiente, y viendo que la construcción aguantaba, empezaron a levantar el faro propiamente dicho. Stevenson, tomando el faro de Eddystone como inspiración, diseñó un faro que fuera capaz de soportar las peores embestidas del mar. Para ello, creó una base troncocónica de unos  9 metros de alto formada por bloques de granito y arenisca que, como si fuera un puzzle, encajasen entre si y fueran capaces de absorber la energía de las olas sin comprometer la estructura del faro.

Así las cosas, durante la segunda temporada (del 25 de mayo al 21 de septiembre de 1808) se procedió a excavar los cimientos de 60 cm de profundidad en la arenisca que forma el arrecife y de levantar las 3 primeras hileras de sillares. ¿Le parece poco? Si cuenta que en los dos primeros años no se llegó a trabajar más de un mes seguido, aún hicieron demasiado. Después, conforme fueron sacando la construcción del agua, la cosa se aceleró, acabándose el faro en 1810 e inaugurándose el 1 de febrero de 1811.

4 años de construcción
El faro de Bell Rock, de 35,30 metros de altura, utilizó 2.835 bloques de piedras talladas expresamente para levantar las 81 hileras que sostienen la linterna (de donde sale la luz, vamos), variando desde los 12,80 metros de diámetro en la base, hasta los 4,11 de la parte superior. Las paredes, si bien en los primeros 9 metros es una masa maciza de sillares en piedra encajados entre si y mortero especial resistente a la humedad, pasaban progresivamente de los 1,75 metros de grosor a los 0,96 metros. Paredes que contenían 5 cámaras interiores que, alojando la escalera de caracol y las estancias de los fareros, conferían al conjunto tal solidez que, en más de dos siglos no se ha tenido que hacer ninguna modificación estructural a pesar de los embates de un mar que, en los días de tormenta es capaz de traer (y llevar) al arrecife “chinas” de más de dos toneladas de peso como si fueran de corcho. No en vano es uno de los faros de mar adentro más antiguos y aún en activo.

Robert Stevenson
La existencia del faro, que emite una luz visible a 33 km, cambió la seguridad de la zona por completo. Desde el momento de su inauguración tan solo un naufragio de una fragata durante la Primera Guerra Mundial (durante las grandes guerras se mantuvo apagado y se encendía si se avisaba con tiempo, cosa que no hizo) y un accidente de un helicóptero que tocó el faro y se estrelló en 1956, han sido los incidentes más graves que han habido en sus alrededores.

Soledad en medio del mar
En la actualidad el faro de Rock Bell está automatizado, por lo que la necesidad de tener una cuadrilla de personas de mantenimiento residente en él ha pasado a la historia. Sin embargo, pensar lo que debía de ser soportar montañas de agua de decenas de metros (ver Las misteriosas olas gigantes) impactando directamente sobre el débil cuerpo del faro, hace que, ante la visión de esa torre perdida en medio de la inmensidad del océano, no pueda, por menos, que estremecerme. Estremecerme de respeto por todos aquellos valientes que, en algún momento, arriesgaron su vida por construir y mantener encendida una luz salvadora en mitad de la oscuridad más absoluta y tenebrosa. Una luz que, lejos del agua, bien pudiera ser la guía de nuestra propia existencia.

Escalera de caracol del faro de Bell Rock

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